Alfonsín ha sido un presidente honesto. Lo que no debería llamar la atención, pero lamentablemente en este país, resulta sorprendente. Aquellos que no lo admiran, no pueden negar que su enorme fortaleza como estadista radicó en haber sido un piloto de tormenta en tiempos en que el poder militar intentaba volver a usurpar el gobierno. Quizás no sea el artífice del retorno de la democracia, ya que en todo caso fueron los argentinos los que suscitaron el regreso de las urnas. Pero fue Alfonsín quien, luego del regreso de la democracia, le propinó las primeras grandes palizas al poder militar. Fue durante su mandato que se realizó el juicio político a la junta militar, el primer presidente que debió poner el ojo en el pasado inmediato para poder seguir adelante, ya que en ese momento, era inevitable revisar nuestro pasado. Alfonsín no ha sido un presidente perfecto, por la sencilla razón de que eso no podría existir, ni acá ni en ningún lado. Cometió errores gravísimos, notorios gestos de debilidad política luego de su mandato, y su gobierno cayó antes de tiempo por la imposibilidad de batallar con los conflictos económicos. Pero con la dignidad que solo pueden ostentar unos pocos, siempre asumió sus errores, sino todos, al menos los más relevantes. Y más allá de la hiperinflación, del Pacto de Olivos, y otras cuestiones de este tipo, a Alfonsín siempre lo recordaremos como un hombre honesto, de profundas convicciones políticas, que reencauzó el poder político e institucional en un país que no merecía haber renunciado a la libertad. Alfonsín es el único presidente de los últimos años que muy probablemente sea recordado en un futuro como un prócer de la patria, un luchador, un político con todas las virtudes de quien accede a la presidencia y hace algo bueno con ella. Un hombre que siempre mereció el respeto y la admiración de partidarios y opositores. Un estadista que siempre buscó la reconciliación de todos los sectores.
Se fue el último presidente honorable que tuvo este país. Quiera Dios que, en medio de conflictos e internas ante los próximos comicios legislativos, la pérdida de Alfonsín logre, aunque sea por unos días, unirnos a todos los argentinos en un mismo dolor, que no reconoce banderas de ningún tipo, porque la honestidad, la transparencia y la fortaleza para batallar por la libertad constitucional, no es patrimonio de los partidos, sino de los hombres, de los ciudadanos, y de políticos como Alfonsín, que siempre defendieron con honor estos valores. |